Lamentaciones 2, 18-19

Lamentaciones

Autor: José Domingo Correa.

 

 

18 Grita con toda el alma al Señor; laméntate, Sión, derrama ríos de lágrimas, de día y de noche, no te concedas reposo, no descansen tus ojos.

19 levántate y grita de noche, al relevo de la guardia, derrama como agua tu corazón en presencia del Señor, levanta hacia él las manos, por la vida de tus niños desfallecidos de hambre en las esquinas.

De cómo en la oración cristiana la consciencia con relación a la disposición del cuerpo es fundamental. De allí depende la efectividad en la oración, en cuanto a la paz, la fortaleza, el cambio que se pueda experimentar en y después de la oración: “Su rostro ya no parecía igual” (“Luego se fue por su camino, comió y no parecía la de antes” 1Sm 1, 15-18).

Todo el cuerpo está comprometido en la oración, en cuanto que es el cuerpo quien traduce la angustia, el dolor o el sufrimiento en situaciones límite: los ojos que se derraman en lágrimas en muchas ocasiones; las entrañas por la angustia sufrida. 

La Palabra invita a quien está en tal situación a ponerse ante el Señor, buscarlo, ¿Quién podrá curarte?, es una incitación a buscar a quien sólo puede conocer y remediar nuestros límites desde lo íntimo de nuestro ser.

Y estando ante el Señor, a quien es necesario buscar “interrumpido o interrumpiendo el sueño”: “levántate y grita de noche, al relevo de la guardia”, gritarle con el alma, derramar el corazón ante él, levantar las manos hacia él, mirarlo (“no descansen tus ojos”18), para que él sane nuestros ojos porque muchas veces hemos sido “engañados con visiones engañosas y seductoras” (14). 

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